Resumen o introducción:
La vida grupal no es simplemente la suma de sus integrantes, sino el espacio psicosocial que se conforma cuando diferentes imaginarios hacen su puesta en común y las relaciones interpersonales se establecen, con todas las herramientas y mecanismos psicológicos y sociales que se construyen en ese mismo espacio. Citando a Ana María Fernández (2007), es ese imaginario grupal constituido según el rol, las necesidades, y los convenios sociales, tácitos o explícitos, lo que finalmente dará forma y consistencia a esa vida grupal; y como individuos psicosociales complejos que somos, ésta no será menos compleja.
A través de la dialéctica propuesta en este ensayo, haré un análisis sobre una situación grupal concreta dentro de un espacio de amistad y fraternidad, la transgresión de un código moral implícito dentro de un grupo de amigos y su posterior gestión, y cómo la disfuncionalidad se apoderó de las diferentes relaciones, con causas y consecuencias.
Hace una década, siendo parte de un grupo de amigos cercanos, cometí una infracción grave al incurrir en una relación íntima con la pareja de uno de sus miembros.
En vez de desembocar en una expulsión clara de mi persona del grupo, lo que hubiese sido la respuesta más esperable, la dinámica dentro del grupo cambió al optarse por una solución más sutil y perdurable: de alguna manera se me “perdonó” de manera condicional, permitiéndome permanecer en el seno del mismo, pero asignándome de manera permanente y tácita el rol de chivo expiatorio, sujeto a un trato de desprecio y a una pérdida de status simbólico (Ya que de manera formal, no existía ningún status; sin embargo dentro del mismo grupo se hacía diferenciación según capacidades, humor, etc., de miembro más valioso a miembro menos valioso).
Este fenómeno, lejos de ser un mero drama interpersonal, reveló una lógica grupal profunda y transformada. La hipótesis que guiará este ensayo es que la retención de quien transgredió las normas grupales implícitas no fue en si mismo un acto de “justicia”, sino un mecanismo funcional que tuvo varios objetivos, incluso si los mismos integrantes no se daban cuenta de esto mismo:
1 – Reafirmar la cohesión del grupo mediante la construcción de un consenso moral en contra del transgresor
2 – Establecer un umbral de comparación y superioridad moral (“lo que él hizo fue peor”) que justificara libertades menores del resto de los integrantes
3 – Canalizar y administrar la ansiedad, las inseguridades y las molestias grupales a través de una herramienta de descarga permanente.
Para decodificar lo sucedido, se recurrirá a los siguientes conceptos fundamentales:
- Imaginario grupal (Ana Fernández)
- Administración del malestar y autoridad moral difusa (Telma Barreiro)
- Funciones latentes de los grupos (Edgar Schein)
El objetivo último de este análisis será demostrar cómo, en determinadas circunstancias, la ruptura de un código moral puede llegar a ser hasta beneficioso para la vida útil y la salud psicosocial de un grupo, incurriendo en el imaginario grupal una forma de violencia simbólica disfrazada de justicia.
(“Le cabe”).
Nota metodológica del autor:
El análisis que sigue se construye desde mi propia perspectiva como partícipe de la situación descripta. No se ha entrevistado ni consultado a los otros integrantes del grupo, por lo que el relato de los hechos y las interpretaciones propuestas corresponden únicamente a mi reconstrucción subjetiva y retrospectiva. En consecuencia, este trabajo no pretende ofrecer una visión neutral o completa de la dinámica grupal, sino explorar las potencialidades explicativas de ciertos conceptos teóricos aplicados a una experiencia personal acotada.
Contexto histórico:
El grupo del que haré el análisis estaba conformado por un total de doce amigos hombres, un núcleo duro de ocho personas, y un cuerpo más amplio de entre cuatro y cinco personas más, diferenciando entre los que se veían todos los fines de semana casi sin excepción, y los que hacían su aparición de manera más esporádica. Su origen estaba en la secundaria (cinco eran amigos de una escuela y otros cuatro de otra), cercanía (todos de la misma zona, con escasa distancia de no más de cuatro kilómetros) y por supuesto afinidad en los gustos (salidas, videojuegos, fútbol, chicas), en los valores y el humor.
Cuerpo:
La transgresión cometida no fue simplemente recordada: fue instituida simbólicamente en el imaginario del grupo. Siguiendo a Ana Fernández (Fernández, 2007), entendemos por imaginario grupal el conjunto de significaciones, mitos y representaciones que un grupo asume para darse identidad y ordenar su vida afectiva. Esta institución imaginaria operó de maneras concretas para establecer el status quo y utilizó mecanismos para enfatizar mi nuevo rol en el grupo.
Como ejemplo de estos mecanismos y sus funciones, explicaré un par de ellos.
El primero fue la creación de un sticker particular, a forma de emblema burlesco y estigmatizante: un sticker que circulaba en el grupo de Whatsapp (del cual yo estaba excluido) donde mi rostro aparecía recortado sobre la batiseñal de Batman de DC Comics, con la inscripción de “la buitreseñal”. En la jerga argentina, “buitre” designa a la persona que mantiene una relación o tiene interés de mantener una relación o vínculo con la pareja de un amigo. Este objeto gráfico era mucho más que un sticker; condensaba de manera visible en una imagen repetible, la totalidad de mi identidad grupal reducida al acto transgresor. Yo no era “el amigo que cometió un error”; era, ontológicamente, el “buitre”, el “mal amigo”. Este sticker funcionaba como un operador de fijación identitaria; cada vez que aparecía, reforzaba la imagen negativa construida, reinstalaba el veredicto moral y me situaba en el lugar de quebrantador irredimible.
El segundo dispositivo fue la narración obligatoria del “incidente” (como le decían a veces en el grupo a lo que había sucedido con el fin de una carga simbólica de peso) ante todo nuevo integrante del grupo o ante toda persona que se acercaba al grupo y comenzaba a formar parte de su círculo social. El principal damnificado (la persona engañada) asumía el rol de guardián de la memoria moral del grupo y en su relato no se entreveía sólo una narración de los hechos, sino una presentación perfomativa y concreta de mi persona. No se contaba “lo que pasó”; se contaba “quién soy yo”. Este acto narrativo cumplía una función esencial: adoctrinaba a los recién llegados en la cartografía afectiva del grupo, para que supiesen cómo tratarme, señalando quién era el miembro “ilegítimo” y por contraste, quiénes eran los miembros legítimos del grupo. Así, el imaginario grupal no solo operaba hacia dentro, sino que se reproducía y expandía hacia fuera, asegurando su vigencia en el tiempo.
Análisis:
A continuación analizaré utilizando la bibliografía seleccionada los diferentes mecanismos y funciones que tuvieron lugar a partir de lo redactado y de mis experiencias en el grupo por aquel entonces. El objetivo es comprobar de primera mano qué teorías de los autores que hemos visto a lo largo del año son aplicables a este caso particular.
Para ello, separaré mecanismo por mecanismo que haya inferido o que pueda ver analizando los hechos, citando al respectivo autor y sus respectivos conceptos. Para ello utilizaré la bibliografía de la materia, incluyendo el concepto de chivo expiatorio que Barreiro (2004) desarrolla como uno de los mecanismos distorsionantes del bienestar grupal.
Primer Mecanismo: La función latente de la retención (Schein) – Funciones Manifiestas vs Funciones Latentes
El grupo no enfrentó una disyuntiva simple entre perdonar y expulsar. Lo que en apariencia fue un acto de perdón (permitir la permanencia del transgresor tras su confesión y posterior pedido de perdón) encubrió una función grupal latente de distinto orden. Siguiendo a Edgar Schein (Schein, 1982), entendemos por función manifiesta aquello que el grupo declaraba estar haciendo. En este caso, hacemos referencia al hecho concreto del perdón, mientras que la función latente, referida a los efectos reales, no fue declarada y afectó la dinámica grupal.
Estoy hablando de que en este caso, retener al transgresor permitió al grupo hacer disposición de un depósito permanente de culpa, utilizable a discresión con el fin de regular el estatus interno y administrar conflictos. La decisión de no expulsar no fue entonces un acto de generosidad o de perdón genuino, fue una institución de un dispositivo de poder simbólico. La confesión y el arrepentimiento del hecho fueron empleados como ritual de ingreso a una nueva posición subjetiva: la de miembro degradado. El grupo podía, a partir de ese momento, activar esa deuda simbólica cada vez que necesitara reafirmar su cohesión o establecer límites internos.
Segundo Mecanismo: El chivo expiatorio como solución a tensiones preexistentes (Barreiro) – Administración del malestar / Violencia unánime
Haciendo un análisis en profundidad del estado previo del grupo al incidente desencadenante que en este ensayo estamos analizando, podemos vislumbrar que el grupo ya presentaba tensiones previas que lo volvían particularmente receptivo a la figura del chivo expiatorio. Tal como Barreiro (2004) señala, el chivo expiatorio constituye uno de los mecanismos distorsionantes del bienestar grupal, operando como una figura sobre la cual el grupo descarga sus tensiones y conflictos no resueltos, en lugar de abordarlos colectivamente.
En el mismo grupo de amigos, y sin dar nombres concretos, había competencia por mujeres, ridiculización sistemática de algunos miembros considerados “torpes” (Viene al caso un momento particular donde en un viaje de amigos, debido a que uno de estos miembros rompió sin querer un jarrón, fue enviado a dormir al techo de la casa alquilada) y rencillas no resueltas, como la que enfrentaba a dos de sus miembros por la disputa de pretendientes.
Estas tensiones, hasta
ese momento dispersas y particulares y sin un buen cauce para
resolución, encontraron en la figura del transgresor un punto de
condensación. Mi transgresión operó como un hecho lo
suficientemente grave como para que todas las pequeñas miserias
morales del resto quedaran, por contraste, minimizadas.
El
culpable no fue expulsado del grupo; se lo conservó como prueba
viviente de que “ellos no eran tan malos” (figura del chivo
expiatorio). La culpa, antes difusa y circulante, quedó anclada en
una sola persona, reducida a una identidad concreta, permitiendo al
resto funcionar con la consciencia tranquila.
Tercer Mecanismo: La reconfiguración del estatus y la posición de poder de la víctima (Ana Fernández) – Imaginario grupal/Institución simbólica.
El hecho no sólo instaló un estigma sobre el transgresor; también reconfiguró la estructura de estatus del grupo. El damnificado, le llamaremos Juan (Nombre de fantasía) para poder cumplir el objetivo de este ensayo, obtuvo una nueva posición simbólica de poder desde su lugar de víctima: la llamaremos la figura del “pobrecito”. Este lugar, creado a partir de su posición original de víctima, le otorgó un poder concreto: El poder del veto.
A modo de ejemplo del poder concreto, relataremos un episodio donde se puso de manifiesto el nuevo mecanismo que estaba teniendo lugar. Tiempo después del hecho, aproximadamente al año, fui invitado a una reunión (juntada) a la casa de un amigo. Pocas horas antes de la juntada en sí, el anfitrión me llamó para decirme que Juan había condicionado su asistencia a mi exclusión, y el grupo, ante la obligación de elección, optó por excluir a la figura del “buitre”. La decisión se presentó como una necesidad práctica, pero su eficacia simbólica fue una confimación del nuevo órden; mi lugar en el grupo era precario y reversible, mientras que Juan, investido de la autoridad moral derivada de ser víctima, podía disponer del mismo como propio. La paradoja y el malestar persistente residía en la contradicción de la declaración permanente de Juan (“está todo bien y ya pasó”) mientras ejercía activamente un poder de exclusión. El perdón en realidad escondía la institución de una asimetría irreversible.
Cuarto Mecanismo: La autoridad moral colectiva (Telma Barreiro) – Autoridad simbólica / Poder difuso / Grupo como tribunal
Una de las transformaciones más profundas que yo percibí operar en el grupo tras el hecho fue la aparición de una autoridad moral difusa pero efectiva. Barreiro (2004) distingue entre la autoridad formal y la autoridad simbólica, que se ejerce sin la necesidad de investidura formal, a través del consenso implícito y la sanción cotidiana. En el grupo analizado existía una suerte de figura de líder, no obstante su principal función era la de mantener la armonía en el grupo, por lo que incurría en los mismos mecanismos con el fin de que el grupo siguiera manteniendo su precario equilibrio; y tras la transgresión, se instituyó una autoridad colectiva ejercida por el conjunto de los miembros no transgresores (Barreiro, 2004) sobre el cuerpo del culpable.
Esta autoridad no se manfiestaba de manera directa. Su eficacia residía en su sutileza: se ejercía en el chiste, en el silencio, en la mirada, en la exclusión puntual, en la obligación de narrar el "incidente" a cada nuevo integrante. Interpreto que el grupo entero se constituyó en tribunal permanente, y cada miembro (incluso aquellos que antes ocupaban posiciones subordinadas o eran objeto de ridiculización) obtuvo, por el solo hecho de no haber cometido la transgresión, un plus de autoridad moral sobre el transgresor.
Este fenómeno explica una paradoja: ¿cómo es que miembros que antes eran objeto de burla (como aquellos a quienes se ridiculizaba por su torpeza) pasaran a ejercer, también ellos, un trato despectivo o de superioridad moral hacia el transgresor? La respuesta es que la autoridad moral no dependía de la virtud individual, sino de la posición estructural que el grupo asignaba. Bastaba con no ser "el buitre" para estar, automáticamente, en un escalón superior. La transgresión había operado como un nivelador hacia arriba: todos los que no eran yo ascendieron un peldaño en la jerarquía simbólica, independientemente de sus propios defectos o transgresiones menores.
Quinto Mecanismo: Lo
instituyente y lo Instituido (Ana Fernández) – Imaginario Grupal /
Capacidad Instituyente / Cristalización del órden
Ana Fernández, citando a Cornelius Castoriadis (Fernández, 2007),
plantea que los grupos no solo reproducen significaciones sociales
preexistentes, sino que poseen una capacidad instituyente: pueden
crear sus propias normas, mitos y jerarquías simbólicas. El grupo
analizado ofrece un caso ejemplar de este proceso, desde mis propias
vivencias e interpretaciones. Antes del hecho, era un conjunto laxo
de amigos con vínculos horizontales, códigos implícitos y
conflictos dispersos. Después del hecho, se reinstituyó sobre una
nueva base: la figura del transgresor como fundamento negativo de la
identidad grupal.
Lo instituyente, en este caso, fue el acto creativo mediante el cual, desde mi reconstrucción de los hechos, el grupo transformó una transgresión individual en un dispositivo de ordenamiento colectivo. Este acto no fue deliberado ni explícito; ningún miembro propuso formalmente "instituyamos un nuevo orden basado en la condena perpetua de nuestro amigo". Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió. El grupo generó un conjunto de prácticas, emblemas y narrativas que dieron consistencia a ese nuevo orden: la "buitreseñal", el relato obligatorio a los recién llegados, el poder de veto del damnificado, el trato despectivo normalizado.
Pero todo proceso instituyente, si tiene éxito, tiende a volverse instituido. Lo que nació como una respuesta espontánea a una crisis se cristalizó en una estructura permanente. Desde mi percepción, el grupo ya no actuaba "como si" yo fuera un miembro degradado; yo era, ontológicamente, el miembro degradado. La identidad grupal quedó fijada en torno a ese núcleo negativo. Y como toda institución, este orden adquirió inercia: ya no necesitaba ser reafirmado deliberadamente, porque operaba en el sentido común del grupo, en sus sobreentendidos, en sus rituales cotidianos. El grupo se había instituido a sí mismo como comunidad moral negativa: una comunidad que no sabía lo que era, pero sabía perfectamente lo que no era.
Conclusión:
El caso analizado permite
extraer al menos tres conclusiones de orden general sobre la dinámica
de los grupos informales.
En primer lugar, demuestra que la
permanencia de un miembro no implica su inclusión plena. Es posible
pertenecer y estar, simultáneamente, excluido simbólicamente,
degradado y disponible para la descarga afectiva del resto. La
inclusión puede ser, paradójicamente, la forma más eficaz de
exclusión.
En segundo lugar, evidencia que los grupos no siempre
buscan resolver el malestar; a menudo prefieren administrarlo porque
su persistencia cumple funciones latentes de cohesión, regulación
jerárquica y economía de la culpa. La transgresión, lejos de ser
un accidente a reparar, puede convertirse en el cimiento imaginario
sobre el que el grupo se reinstituye.
Finalmente, el caso muestra
que la autoridad moral no es un atributo personal, sino una posición
estructural que el grupo asigna y sostiene. La victimización del
damnificado, la elevación simbólica del resto y la degradación del
transgresor fueron movimientos simultáneos de una misma operación
de reordenamiento grupal. El grupo no castigó la transgresión: la
explotó.
Que esta dinámica haya podido sostenerse durante años
(y que aún hoy, una década después, encuentre ecos residuales)
habla de la extraordinaria potencia instituyente de los grupos
informales. Sin estatutos, sin jerarquías formales, sin actas ni
resoluciones, un puñado de amigos puede crear un orden simbólico
tan perdurable y coercitivo como el de cualquier institución formal.
Esa es, quizás, la enseñanza más llamativa del caso.
Cabría preguntarse, ante la persistencia de esta dinámica, por qué quien escribe no optó por alejarse del grupo. La respuesta, lejos de reducirse a una debilidad individual, puede analizarse desde los mismos conceptos trabajados. Se puede observar en mi propia persona un ejemplo de lo que Barreiro (2004) plantea cuando explica que los grupos satisfacen necesidades profundas (identidad, reconocimiento, permanencia). Salirse del grupo implica perder eso, incluso si la permanencia es disfuncional o degradada.
Permanecer, aunque sea en posición de chivo expiatorio, es menos costoso psíquicamente que la expulsión o el aislamiento total. El grupo, aunque hostil, sigue siendo el único espacio de pertenencia disponible.
Otro autor que propone el por qué el retirarme del grupo fue algo paulatino y no inmediato, permitiendo que los mecanismos analizados tengan lugar, es Fernández (con Castoriadis) (2007), pues en el mismo grupo yo si tenía una identidad. La identidad asignada por el grupo (como buitre) te atrapa, y aunque sea negativa, la definición habita la misma. Salirse implicaría desinstituirse, y eso no se hace un día para el otro. La soledad simbólica de “no ser nada para nadie” seguía siendo percibida por mi persona como algo más temible que “ser algo malo para el grupo”.
Bibliografía:
Barreiro, T. (2004). Trabajos
en grupo: Hacia una coordinación democrática de los grupos (3a
ed.). Noveduc.
Nota: Este volumen incluye los siguientes
capítulos utilizados:
Capítulo 2: "Las personas en
grupo: sus necesidades"
Capítulo 3: "Bienestar y
malestar dentro del grupo"
Capítulo 4: "Incidencia
de la autoridad dentro del grupo"
Capítulo 7: "Los
grupos autoconcientes"
Barreiro, T. (2006). Grupos de
reflexión, encuentro y crecimiento (GREC): Encuadre y coordinación.
En Nuevos dispositivos grupales en la educación (pp. 45-68).
Noveduc.
Fernández, A. M. (2007). De lo
imaginario social a lo imaginario grupal. En Las lógicas colectivas:
Imaginarios, cuerpos y multiplicidades (pp. 87-112). Biblos.
Fernández, A. M., &
Herrera, L. (2013). Laberintos institucionales: Un recorrido por las
instituciones de salud mental. Del Umbral.
Schein, E. H. (1982).
Psicología de la organización (3a ed.). Prentice-Hall
Hispanoamericana.
Nota: Este volumen incluye los siguientes
capítulos utilizados:
Capítulo 9: "Estructura y función
de los grupos"
Capítulo 10: "Problemas
intergrupales en organizaciones"