COMUNICACIÓN, VINCULARIDAD Y NORMAS GRUPALES: UN ANÁLISIS DE LA REORGANIZACIÓN DE UN GRUPO DE ESTUDIO UNIVERSITARIO DESDE LOS APORTES DE BARREIRO Y FERNÁNDEZ




Este trabajo analiza la evolución y el funcionamiento actual de un grupo de estudio universitario compuesto por tres integrantes que trabajan juntos desde hace tres años. A partir de un conflicto inicial relacionado con la participación desigual, el grupo atravesó un proceso de reorganización interna estructurado por la comunicación explícita, el surgimiento de liderazgos funcionales y la consolidación de normas grupales. El estudio se apoya en los aportes de Telma Barreiro sobre comunicación y coordinación grupal, así como en los desarrollos de Ana Fernández respecto del imaginario y las normas. Se concluye que la articulación de estas dimensiones permitió transformar el conflicto en un proceso de cohesión y consolidación grupal.


Hipótesis

Se sostiene que la eficacia y continuidad del grupo de estudio se explican por la articulación entre una comunicación directa que regula tensiones, la emergencia de liderazgos funcionales que orientan la tarea y la construcción compartida de normas grupales que estabilizan el trabajo. Estas dimensiones, en los términos de Barreiro (2008) y Fernández (1994), permiten reorganizar al grupo tras un conflicto inicial y consolidarlo como un dispositivo cooperativo.


Introducción

Los grupos de estudio universitarios constituyen espacios donde se condensan dinámicas comunicacionales, vinculares y organizativas fundamentales para comprender el trabajo grupal. Aunque suelen formarse a partir de afinidades académicas o personales, su continuidad depende de la capacidad de los integrantes para coordinar expectativas, distribuir tareas, afrontar conflictos y establecer normas de funcionamiento.

El presente trabajo examina la trayectoria de un grupo de estudio de tres integrantes que, tras atravesar una situación inicial de tensión por desigual participación, logró consolidarse como un espacio organizado y eficaz. La perspectiva teórica se sustenta en Telma Barreiro, particularmente en sus desarrollos sobre la comunicación grupal y el encuadre en los GREC, sigla que refiere a los cuatro ejes centrales que estructuran el funcionamiento grupal: Grupo, Reflexión, Encuentro y Crecimiento. Este modelo permite comprender cómo los procesos comunicacionales, las coordinaciones y las dinámicas vinculares inciden en la organización interna de los grupos y en Ana Fernández, cuyos aportes sobre el imaginario grupal y las normas resultan centrales para comprender los procesos institucionales dentro de los grupos.

El objetivo es demostrar cómo la comunicación, los liderazgos y las normas grupales se articularon para transformar un conflicto potencialmente disolvente en una reorganización productiva.



Comunicación grupal

Telma Barreiro (2008) plantea que la comunicación en los grupos no se limita a la transmisión de información, sino que constituye un mecanismo estructurante del encuadre y del clima emocional. La autora distingue tres niveles comunicacionales:

Manifiesto: lo explícito, la consigna y el contenido racional.
Latente: emociones, ansiedades, expectativas no dichas.
Simbólico: significaciones compartidas que organizan el sentido del grupo.

Para la autora, la comunicación actúa como un operador clínico y organizador, capaz de regular tensiones, visibilizar conflictos y permitir reajustes en la tarea (Barreiro, 2008).



Liderazgo, roles y funciones

Barreiro sostiene que el liderazgo no es un rasgo personal sino una función emergente, necesariamente situacional. Distingue los liderazgos:

Funcionales: orientados a la tarea, flexibles, circulantes.
Disfuncionales: rígidos, personalizados, generadores de dependencia o delegación pasiva.

Los grupos saludables presentan circulación de roles, lo que permite que las diferentes funciones —coordinación, organización, regulación emocional, síntesis— sean asumidas por distintos miembros según la necesidad grupal (Barreiro, 2008).

Imaginario y normas grupales

Para Ana Fernández, el grupo se organiza mediante un imaginario grupal, entendido como un conjunto de significaciones que orientan los comportamientos, expectativas y regulaciones internas (Fernández, 1994). Allí se inscriben las normas, que pueden ser:

Explícitas: acuerdos verbalizados.
Implícitas: modos naturalizados de hacer.
Inconscientes: formas instituidas que exceden la conciencia individual.

En Laberintos institucionales, Fernández y Herrera (1999) sostienen que las normas proveen previsibilidad y sostén, pero también son producto de crisis que exigen redefiniciones. Las instituciones grupales —como las normas internas— emergen para organizar la ansiedad y permitir la continuidad de la tarea.


Relato del caso

El grupo analizado está integrado por tres estudiantes de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Nacional de Córdoba (FCC), que trabajan juntos desde el año 2020. Las situaciones aquí descritas ocurrieron en el marco de cursadas regulares y trabajos prácticos desarrollados entre 2020 y 2024, principalmente en modalidad virtual y presencial dentro del ámbito universitario. Desde el inicio existió un clima de afinidad y buena disposición, pero pronto surgió un problema: una de las integrantes, en adelante “C”, mostraba escaso compromiso con la tarea. Sus entregas tardías, su desinterés inicial y su desorganización generaron una carga desigual para los otros dos miembros, “A” y “B”, quienes asumían la mayor parte del trabajo.

Durante un tiempo, este malestar circuló de manera latente. Aunque no se manifestaba abiertamente, afectaba la confianza y dificultaba el avance. Finalmente, A y B decidieron explicitar la situación. En una conversación directa, le plantearon a C que el grupo sólo podía continuar si ella aumentaba su participación; de lo contrario, debían reorganizarse sin ella para no comprometer el rendimiento general.

Lejos de fracturarse, el grupo atravesó un punto de inflexión. C asumió el compromiso, mejoró su participación y comenzó a cumplir con sus tareas. Con el tiempo, el grupo desarrolló una estructura normativa estable: dividen las consignas de manera equitativa y, cuando un trabajo contiene solo dos consignas, la tercera integrante es responsable de ensamblar, cohesionar y redactar el cierre del trabajo antes de entregarlo.

Actualmente, el grupo funciona con claridad organizativa, comunicación directa y circulación de roles.

La comunicación como reguladora del conflicto

El pasaje del conflicto latente al conflicto manifiesto constituye un ejemplo de la función estructurante de la comunicación (Barreiro, 2008). La conversación entre A, B y C permitió transformar un malestar silencioso en un proceso de reajuste. Al explicitar expectativas, límites y posibilidades, el grupo pudo reconfigurar su encuadre. En términos del modelo GREC, la comunicación actuó como un dispositivo de regulación que posibilitó una nueva organización emocional y operativa.

Liderazgo funcional y circulación de roles

Durante el conflicto, A y B asumieron un liderazgo funcional: detectaron la falla, señalaron el problema y propusieron alternativas realistas. Este liderazgo no se rigidizó ni se personalizó, sino que operó como función orientadora de la tarea. Tras la reorganización, los roles comenzaron a circular. C adquirió mayor responsabilidad y, en algunos trabajos, ocupó la función de síntesis y cierre. Esta circulación confirma la presencia de un liderazgo móvil, característico de grupos saludables (Barreiro, 2008).

Normas grupales como instituciones estabilizadoras

La aparición de una norma interna —reparto equitativo de consignas y asignación de un rol fijo para el ensamble cuando el trabajo tiene dos consignas— constituye una institución grupal en el sentido planteado por Fernández (1994). La norma no surgió al inicio, sino como respuesta a la crisis. Su función fue otorgar previsibilidad, distribuir responsabilidades y disminuir la ansiedad ligada a la posibilidad de desigualdad. En términos de Fernández y Herrera (1999), se trata de un reordenamiento institucional que permite sostener la tarea y fortalecer la pertenencia.


Conclusiones

El análisis permite afirmar que el grupo logró transformar un conflicto potencialmente disolvente gracias a la articulación entre comunicación clara, liderazgo funcional y normas compartidas. La explicitación del malestar permitió reorganizar el encuadre; el liderazgo flexible orientó al grupo hacia decisiones necesarias sin rigidizar posiciones; y la consolidación de normas internas estabilizó el funcionamiento, permitiendo una distribución equitativa y una mayor cohesión.

La hipótesis se confirma: la eficacia del grupo no radicó en la ausencia de conflicto, sino en la capacidad de metabolizarlo mediante procesos comunicativos, vinculares y normativos coherentes con los modelos teóricos de Barreiro y Fernández.




Bibliografía

Barreiro, T. (2008). Grupos de reflexión, encuentro y crecimiento (GREC): Encuadre y coordinación. Buenos Aires: Paidós.

Fernández, A. (1994). De lo imaginario social a lo imaginario grupal. Buenos Aires: Editorial Paidós.

Fernández, A., & Herrera, L. (1999). Laberintos institucionales. Buenos Aires: Paidós.